Sobre la decisión de consultar al psicólogo
- Núria Palau

- 7 mar 2016
- 5 Min. de lectura

Tomar la decisión de consultar al psicólogo o plantearse iniciar una terapia no es fácil para la mayoría de personas. Implica aceptar que tenemos algún problema que no podemos resolver o una decisión que no podemos afrontar, o algo de nosotros mismos que desearíamos cambiar pero que no sabemos cómo hacerlo. Implica además, reconocer que necesitamos la ayuda de un profesional si queremos salir de esa situación.
Actualmente aún existen una serie de condicionantes que influyen de manera disuasoria a la hora de contemplar esta posibilidad y comportan que muchas personas finalmente no se decidan a pedir ayuda psicológica. Entre ellos, los más importantes son la preponderancia del modelo médico y de los tratamientos farmacológicos sobre los psicológicos; la existencia en el mercado de diferentes tipos de terapias alternativas que ofrecen tratamientos milagrosos para conseguir un mejor bienestar sin demasiado esfuerzo y sin los requerimientos profesionales para afrontar las dificultades psicológicas planteadas: y finalmente los temores internos a enfrentarse a los problemas, o a descubrir aspectos propios que pueden ser dolorosos, o miedo a ser etiquetado de raro, diferente o loco.
La conclusión es que muchas personas, aun aceptando que tienen algún tipo de problema de salud mental que interfiere en su vida, que les inquieta o les hacen sufrir y que no saben cómo manejar, nunca se han planteado pedir ayuda psicológica precisamente por esos temores internos, por miedo a que los etiqueten y al qué dirán, o por miedo a enfrentarse a su propia realidad y confían en que ellos mismos podrán solucionarlo o que con el tiempo desaparecerán.
Sin embargo esto está cambiando poco a poco y hoy en día podemos decir que ir al psicólogo no es algo excepcional. Muchas personas en un momento dado de su vida, deciden pedir ayuda psicológica para superar sus dificultades y atenuar su malestar, o porque se sienten insatisfechas o desorientadas La mayoría de las veces, la decisión de consultar al psicólogo no está directamente relacionada con la gravedad de los síntomas, ni con el tipo de problemas que se tengan, ni con el grado de sufrimiento que estos generen, sino que depende en gran manera de la aceptación de que es necesario una ayuda externa para enfrentarse a los mismos. Lo que para algunos puede ser un problema menor, que no les afecta demasiado y que creen que pueden manejar por sí mismo , para otros puede verse como una dificultad muy grande, incluso insuperable, que afecta de manera importante su vida, que genera mucho malestar, y a la cual no pueden hacer frente con sus propios recursos.
En otros casos, la consulta al psicólogo no está motivada por una problemática determinada ni por una situación que genera un grado de malestar importante, sino que depende de que se tenga un convencimiento claro de que se quiere iniciar un proceso de reflexión conjunta, para llegar a descubrir aspectos desconocidos de uno mismo o para orientar alguna decisión importante o para mejorar un aspecto determinado en el que nos sentimos estancados o solucionar nuestro malestar y conseguir restablecer nuestro equilibrio emocional.

¿Cuándo está indicado ir al psicólogo?
Existen artículos que presentan un listado de orientaciones para saber cuándo ir al psicólogo o cuando es aconsejable empezar a hacer una psicoterapia, que en general están basados en la observación de los síntomas y trastornos que se puedan apreciar y en el grado de malestar que podamos sentir.
Entre las diversas causas que se citan para indicar cuando ir al psicólogo se encuentran los estados de tristeza o apatía, la depresión, los pensamientos negativos, los miedos, las fobias, las obsesiones, los trastornos de alimentación, del sueño y otras alteraciones de la vida cotidiana, los problemas en las relaciones, la inseguridad y falta de autoestima, el estrés y los nervios, los trastornos psicosomáticos, las adicciones, entre otros.
Todos estos trastornos y síntomas que podemos observar son solo la punta del iceberg de los problemas de salud mental, que nos avisan de que existe un desequilibrio en nuestra psique. En algunos casos los trastornos y manifestaciones pueden ser muy visibles, variados, más o menos graves, intermitentes o crónicos. En otros, aparecen de manera específica como elementos aislados, o no resultan tan evidentes, sino que en su lugar aparece un malestar general no identificable, un desasosiego que no se sabe muy bien a qué obedece etc....la lista sería interminable.
Por ello podemos decir que no hay recetas ni pautas que sean válidas en general. Como hemos dicho antes, lo que para algunas personas les puede parecer suficiente, para otras no merece importancia. Lo que para algunas les parece imposible resolver por ellas mismas, para otras les parece que serán capaces de enfrentarse y salir airosas con sus propios recursos.
¿Qué deberíamos tener en cuenta entonces?
La decisión de ir al psicólogo es importante, personal e intransferible ya que nadie la puede tomar por nosotros mismos y si no fuera así, podría afectar la buena marcha y la efectividad del tratamiento o abortarlo prematuramente, salvo los casos de menores en los que deciden los padres,. Por tanto, se trata de una decisión puramente subjetiva que nadie puede tomar por nosotros y que en unos casos puede comportar un proceso muy largo de reflexión y en otros puede verse como muy evidente y necesario en un corto espacio de tiempo.
Hemos comentado que hay personas que pueden tomar la decisión de ir al psicólogo por propia convicción y sin tener demasiadas dudas. En algunas ocasiones puede ser que hayan tenido esta experiencia anteriormente o que tengan una referencia cercana de un familiar o amigo o información de primera mano. En otros casos porque ven claro que sin acudir a un profesional no podrán solucionar la situación o no podrán salir adelante.
Pero cuando esto no es así porque existen dudas, o temores, cuando quizás no lo consideramos del todo necesario o cuando no nos atrevemos del todo, ¿Qué nos puede ayudar a tomar esa decisión?
El primer paso es observarnos a nosotros mismos, sin cerrar los ojos ni negar la realidad. Hemos de poder ver que algo nos está pasando, que algo anda mal y que no nos sentimos a gusto con nosotros mismos. Hemos de poder ver como esto nos afecta, si interfiere en nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestras amistades. Si es un problema aislado o más complejo, si lleva mucho tiempo de evolución o es reciente y si va a más o ha sido temporal y se está solventando.
Si se acepta que hay un problema o algún aspecto que queremos cambiar, el segundo paso es asumir la responsabilidad sobre la propia vida que implica decidir si se quiere seguir así o enfrentarse a ese problema. En definitiva esto implica asumir que queremos hacer algo para cambiarlo. Sin ese deseo de cambio la situación quedará estancada y probablemente puede incluso empeorar. Por supuesto, lo primero que se puede pensar es que con el tiempo quizás pueda mejorar la situación, o que quizás podremos nosotros mismos, sin ayuda de nadie, enfrentarnos a eso que nos esta inquietando. Eso es legítimo y es algo que también se ha de sospesar pero sin engañarnos ni sobreestimar nuestras fuerzas. Una vez más, tampoco hay unas pautas únicas que ayuden en este balance. Indudablemente, las personas que se encuentren que son conscientes de su situación y asumen que quieren cambiarla y se sientes capaces de hacerlo por ellos mismos, tiraran adelante y querrán probarlo. Esto puede ser muy probable y es legítimo que así sea. Pero también es importante que calibremos bien nuestras capacidades y recursos. Muchas personas esperan más de lo debido pensando que ellos podrán modificar esos problemas y acuden a pedir ayuda psicológica cuando la situación ha llegado a un punto muy extremo y la solución es mucho más difícil. Pedir ayuda, implica también aceptar que uno no puede siempre con todo y que hay veces que necesitamos de los demás ahí donde nosotros no llegamos. Todo un aprendizaje.
Núria Palau. Psicologa clínica y psicoterapeuta.


















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